Recordarlo todo, palabra por palabra: ¿don o maldición?
Bando A
Saúl no presume: demuestra. Sometido a la prueba de César, reproduce los textos íntegros de memoria —«recuerdo cada palabra»: memoria eidética— y transcribe en segundos, con precisión absoluta, el verso hallado bajo tierra que a Alberto le quitaba el sueño. Traduce en la mitad de tiempo que su jefe, desde lo que le enseñó su abuelo, y su criterio hace más que su memoria: fue Saúl quien resolvió la paradoja de los dos manuscritos proponiendo que uno se escribió como complemento del otro, y Alberto validó expresamente «su criterio». En una historia donde los registros se borran, los mapas mienten y los libros se falsifican, una memoria que no se puede borrar ni falsear es el archivo más seguro del proyecto. Y cuando hizo falta, ese muchacho «demasiado inexperto» bajó al subterráneo a sacar a su jefe, a pesar de su temor.
Bando B
Una memoria eidética no tiene papelera: lo que entra, se queda —cada escena, cada dolor, cada palabra—, sin el alivio de que el tiempo lo desgaste. El propio Saúl confiesa que hay ideas que lo rondan «ya hace un tiempo» sin soltarlo, y en Torrelucía rondar es un verbo peligroso. Su don, además, lo vuelve sospechoso: sabe cosas que nadie le ha contado —«¿Cómo? Si no se lo he comentado a nadie aún»— y hasta Alberto, que lo aprecia, se pregunta si puede eximirlo de sospecha. Lo vetan del rescate por inexperto mientras dependen de su cabeza para todo. Recordarlo todo en una excavación donde la verdad mata no es un regalo neutro: es llevar la tumba entera dentro de la cabeza, sin poder cerrarla nunca. ¿Don, o condena disfrazada?
Debate abierto. Vale defender a cualquier personaje; no vale destripar la novela: si tu argumento depende de un capítulo avanzado, avísalo con «SPOILER» al inicio. El autor lee todo y responde los viernes. Los bandos se defienden con escenas, no con gritos.
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