1994: ¿debió abrir, sellar o huir? ¿En qué momento exacto se condenó?
Bando A
Jorge no bajó por codicia: bajó porque algo lo llamó —«como un susurro proveniente de las entrañas de la tierra, su llamado me alcanzó»— y porque ese era exactamente su oficio: «Mi trabajo no es desenterrar huesos, sino la sangre seca de esas mentiras». Era arqueólogo, no un curioso: exhumar lo que la historia oficial había enterrado era su deber y su convicción, y no entró a ciegas, entró a un pasillo de su propia excavación. Y en su último aliento no maldijo la tumba: advirtió a su hijo. «Alberto… no la escuches…» Quien muere advirtiendo no es un imprudente cualquiera: es un hombre que entendió tarde, pero entendió, y gastó su muerte en un mensaje.
Bando B
Él mismo firma la sentencia: «Internarme a escondidas en el pasillo recién descubierto había sido mi decisión». Y él mismo pone el nombre: «había aceptado las consecuencias de mi imprudencia como algo natural». Imprudencia —su palabra, no la nuestra—. Entró solo, a escondidas, sin avisar a nadie ni asegurar el pasillo, y su único remordimiento, confesado entre los escombros, fue que «mi hijo quedaría solo». La tumba, además, ni siquiera lo juzgó digno del pacto que fue a buscar: «No sois apto. No sois lo que necesito». Tuvo tres puertas —volver con equipo y método, sellar el pasillo, o no escuchar el llamado— y eligió la única que lo mataba y dejaba a un hijo cargando la culpa. ¿Valentía, o la primera escena de la obsesión que Alberto heredó?
Debate abierto. Vale defender a cualquier personaje; no vale destripar la novela: si tu argumento depende de un capítulo avanzado, avísalo con «SPOILER» al inicio. El autor lee todo y responde los viernes. Los bandos se defienden con escenas, no con gritos.
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